El ámbito de la gestión en las organizaciones.
Una analogía muy ilustrativa dice que la gestión es equivalente a la conducción de un automóvil, en lo cual el vehículo es la organización, el conductor es el administrador y las conductas del conductor para dirigir el móvil hacia un lugar, es la gestión. De este modo, no hay gestión sin organización ni hay organización que no se gestione. (Gross: 1964)
Para Herbert Simon, considerado el padre de la moderna teoría de la gestión, esta es una responsabilidad del directivo, que se preocupa de hacer que las cosas se hagan a través de decidir y asegurar la ejecución de las decisiones. Se trata de un proceso recurrente de adoptar decisiones y asegurar la ejecución de las mismas.
Se trata de un proceso recurrente porque la ejecución de una decisión requiere adoptar nuevas decisiones en los distintos niveles de la organización, que permitan la efectividad y continuidad de la acción. Esta es una distinción teórica aun cuando resulta difícil separar de manera nítida la toma de decisiones de la ejecución de las mismas, la acción. (Campitelli & Gobet, 2010)
Este estudio no se orienta a definiciones normativas de la administración escolar. Una definición normativa de administración establece el “deber ser” de los procesos administrativos, en términos de cómo definir objetivos, establecer políticas o estrategias de ejecución, obtener y ordenar los recursos y supervisar las actividades encaminadas al logro de los objetivos. (Vélez, Alfredo, 2010) Como se ve, la definición es prescriptiva y la crítica principal que se le hace es que este tipo de prescripciones no están sólidamente respaldadas por investigación, que además, generaliza los supuestos motivacionales de modo arbitrario y que desconocen los procesos cognitivos y psicosociales propios de la interacción que ocurren en cualquier organización.
La teoría empírica de la gestión inaugurada por Simon, dice que el modo correcto de aproximarse al estudio de la administración de las organizaciones es observando las decisiones y las acciones que las siguen, así como los procesos cognitivos involucrados y los flujos de información internos, que apoyan la adopción de decisiones. Lo que se mira entonces es no solo la decisión adoptada, sino los recursos informacionales que se utilizan, los factores psicológicos involucrados el su análisis y la acción que la sigue. El directivo es caracterizado como un “tomador de decisiones” (decision maker) que influye en la conducta de posiciones subordinadas u operativas a través de las decisiones que adopta, con las cuales canaliza las acciones en el sentido deseado. Esta perspectiva de estudiar las organizaciones y su gestión la opone también al modelo de la economía clásica y neoclásica de decisión, que postula una conducta abstracta de un “homo economicus”, un tomador de decisiones que busca permanente y consistentemente la maximización del beneficio, o función de utilidad, derivado de las decisiones que adopta. La teoría formal de las decisiones propia de la ciencia económica considera que estos no son factores de los que se deba ocupar, ya que corresponden a otras ciencias. Al revés, Simon asume este campo – el de la toma de decisiones – como un estudio basado en la conducta real de las personas. Las personas, según el autor, deben adoptar decisiones utilizando el cálculo e información incompleta. Esto, porque el supuesto de maximización que utiliza el análisis económico es débil en un elemento clave: la evaluación de las alternativas con información incompleta sobre todos los eventos futuros y sus probabilidades de ocurrencia, que proviene no solo de la insuficiencia de datos existentes, sino también de las capacidades humanas de atención, procesamiento de la información y evaluación “correcta” de las opciones disponibles, así como por el influjo de las opciones personales del tomador de decisiones. Esta crítica ha sido sometida a prueba con resultados coincidentes con la insuficiencia del supuesto de la teoría económica de decisiones, la que se utiliza a pesar de no contar con soporte empírico. Así, Tversky and Kahneman – citados por Campitelli y Gobert, (2010) – reportan que las decisiones que efectivamente adoptan las personas divergen de las predicciones realizadas bajo el modelo de la racionalidad perfecta. De esta oposición conceptual surgen dos conclusiones relevantes: existe una contradicción práctica entre el modelo económico, el homo economicus y las capacidades reales del hombre para decidir y, además, lo que en realidad sucede como conclusión de lo anterior, es que la racionalidad que se desarrolla en las decisiones de gestión está sujeta a restricciones y limitaciones, que implican que para obtener decisiones razonablemente buenas, no es necesario evaluar todas las alternativas disponibles ni dispone de información completa. La heurística cognitiva del actor construye modelos simplificados de la vida real, con omisiones y distorsiones y levantadas con base en las percepciones pero también en inferencias que deben considerar la imposibilidad de prever el futuro con certeza. Estos modelos, aunque son muy distintos al mundo real, cumplen una función clave en la adaptación del actor al fenómeno de racionalidad limitada, en tanto logran recoger las características distintivas del problema, sin hacerse cargo de sus complejidades, es decir, limitando las variables o características que aprecia en la realidad y además, le facilitan el proceso de datos, al filtrar la información de entrada. (Campitelli y Gobert, 2010)
De aquí la teoría de decisiones de Simon, llamada de “racionalidad limitada.” (Bounded racionality). Esto no significa, como asumiría la teoría económica o los modelos clásicos de conducta humana, un comportamiento irracional, sino que una conducta racional sujeta a restricciones y limitaciones de tiempo, conocimientos, experiencia y capacidades de proceso de información. Entonces, ante la ausencia de racionalidad perfecta, se trata de encontrar soluciones satisfactorias, bajo definiciones de satisfacción desarrolladas por el tomador de decisiones, aceptando que dispone habitualmente, si no siempre, de información incompleta. Pero solo observar los desempeños que siguen a la decisión sería insuficiente si no se abordara también el estudio de los procesos cognitivos involucrados en la decisión, esto es, que se refieren al por qué un individuo escoge una y no otra opción, lo que es un ámbito de la psicología cognitiva. (Pomerol & Adams, 2004; Campitelli y Gobert, 2010) Esta conceptualización es de gran utilidad para la descripción de los fenómenos adaptativos en el centro escolar, según los cuales las expectativas de los directivos y docentes respecto de los aprendizajes de sus estudiantes pueden constituir un piso o un techo para los logros de aprendizaje de estos.
1 Para los efectos de este estudio, consideraremos que los términos “gestión” y “administración” representan los mismos procesos, en tanto, siguiendo a Simon, consisten en tomar decisiones y asegurar su ejecución.Herbert Simon, considerado el padre de la moderna teoría de la gestión, la define como el "hacer que las cosas se hagan" lo que incluye por una parte adoptar decisiones y por otra, asegurar la ejecución de tales decisiones.
Así entonces, la gestión en general, y la gestión escolar en particular, es el proceso recurrente porque la ejecución de una decisión requiere nuevas decisiones en los distintos niveles organizacionales que permitan la efectividad y continuidad de la acción, aun cuando resulta difícil separar de manera nítida la toma de decisiones de la ejecución de las mismas, la acción. (Campitelli & Gobet, 2010)
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